lunes, 23 de enero de 2017

Tonterías, argumentos y prejuicios

Al principio parecía que íbamos a estar de acuerdo con el artículo de Javier Marías Ese idiota de Shakespeare. Después de todo, llevamos mucho tiempo burlándonos de las ocurrencias de los directores de escena y cuestionando esa soberbia que hace que algunos de ellos se sientan tan por encima de los autores a los que (mal)tratan que llegan al punto de hacerlos irreconocibles: no pongáis vuestras sucias manos sobre Shakespeare. Pero pronto se hizo evidente, una vez más, que la tontería no es patrimonio exclusivo de los directores de escena.

No es solo que su argumentación parta de una falacia evidente: si hubiera que seguir representando las obras tal y como se concibieron, las producciones de Shakespeare tendrían que estar íntegramente formadas por actores (masculinos). O bueno, tengamos manga ancha, que puedan subir a escena también mujeres. Pero, siguiendo la lógica de Marías, si un personaje es francés, solo podrá interpretarlo un francés; si es un niño, un niño; si es un oso, un oso. Porque es asombroso que el autor, al criticar (en esto con mucha razón), los dislates de la “usurpación cultural” no se dé cuenta de que está cayendo precisamente en su mismo error.

No es solo que las ansias de verosimilitud de Marías llevan al absurdo al decir que no puede creerse que una actriz (femenina) interpreta un personaje masculino. Entonces también será como esos clásicos que no podían asimilar que en una obra de teatro de tres horas pasaran varios años, o que la acción se trasladara como por arte de magia de Madrid a Toledo. O, digo más, que cuando un personaje muere en escena, luego resulta que el actor sigue vivito y coleando. Pero bueno, como pretenden que me crea semejante patraña. Se murió Hamlet y el actor ya no interpretó más nada.

Al fin y al cabo, seguro que hay argumentos mejores en contra de este sindiós de géneros intercambiados. Pero la clave está en que Marías confiesa que nunca ha visto ninguno de estos experimentos del demonio, lo que automáticamente trasforma su razonamiento en simples prejuicios. Cada uno puede tener las ideas que quiera, por muy disparatadas que sean, pero que no pretenda tener la más mínima autoridad cuando estas se basan en la más rancia superioridad intelectual sin ninguna base empírica. Si el señor Marías se hubiera molestado en ver a Blanca Portillo en La vida es sueño se habría ahorrado el papelón de hacer el ridículo y de encarnar aquello de que quien no sabe y habla, solo habla de lo que no sabe.