jueves, 17 de noviembre de 2016

Invencible (Teatros del Canal)

Qué manía con tomarse las cosas en serio. Porque, estamos de acuerdo, hay momentos en los que hay que fruncir el ceño, sopesar los argumentos y entrar en profundidades (aunque no demos para mucho más que soltar cuatro tópicos). Pero cuando estás viendo una obra de teatro ligera, ingeniosa, de esas de choques culturales, que de repente se apague la música, se atenúen las luces y los actores empiezan a susurrar, no hace prever nada bueno. Y, efectivamente, lo de Invencible es paradigmático: eso de mezclar siempre es peligroso. Porque los injertos dramáticos que Torben Betts introduce en su obra no tienen ningún sentido, más allá de querer dar algo de empaque a su obra. Como lo de las comedias puras está mal visto, pues vamos a meter aquí un par de historias que no encajan en absoluto, pero que dan prestigio.

Si quitáramos unos veinte minutos al espectáculo, precisamente los dedicados a estos temas elevados, Invencible haría honor a su título. Porque la parte de comedia sí que está muy bien desarrollada, porque el juego de equívocos es eficaz y chispeante, porque Daniel Veronese sabe dar ritmo y fluidez, porque los actores están magníficos. Sin duda el papel más jugoso es el de Jorge Calvo, que además sabe exprimir toda la comicidad de su gañán, ganándose las mayores carcajadas de la función. También Pilar Castro se luce con lo que siempre ha sido una chica de barrio, aunque aquí es de campo. En una obra con bastantes similitudes con Los vecinos de arriba, Castro construye un personaje diametralmente opuesto pero igual de efectivo. El humor que desprende la otra pareja, la de Maribel Verdú y Jorge Bosch, es más sutil, más inteligente dirían aquellos que también tienen reparos ante la comedia, y ambos intérpretes saben utilizar en su favor (el de los personajes) el uso del sobreentendido y la insinuación.

Las palabras y la cosa (Teatros del Canal)

Si al hablar de Premios y castigos exponíamos nuestra teoría sobre los tres pilares del arte teatral, texto, actores y dirección, según la cual esta última suele funcionar mejor cuanto más invisible es, tendríamos que concluir que la puesta de Pep Antón Gómez para Las palabras y la cosa es soberbia. Porque, muy consciente de que aquí lo importante es el texto de Jean-Claude Carrière y el festival de Ricard Borràs, el director tiene la prudencia de dar un paso atrás y dar pie al lucimiento de su protagonista. También es cierto que se podría argumentar que esto apenas es teatro, pues el choque dramático apenas está insinuado, y además su parte más conflictiva se produce en la interactuación con la pantalla (que sí, que sirve como símbolo de lo intangible, pero que nunca acaba de funcionar a nivel escénico). Por lo demás, la obra podría considerarse como una conferencia sobre las palabras mal llamadas malsonantes, pero por suerte tenemos ahí a Borràs para llevarla a una más alta dimensión.

Pero la labor de Borràs no se limita a ofrecer una lección de sutileza, gracia y prosodia, sino que también se extiende a la traducción de la obra, aunque mejor sería hablar de su reescritura. No conozco el original de Carrière, pero es obvio que el trabajo de adaptación de Borràs ha ido mucho más allá que una simple traslación literal. Así, sus largos discursos funcionan perfectamente en castellano, con sus interminables retahílas y sus multiplicadas citas, desde lo más vulgar a lo más elevado. También Elena Barbero está de lo más oportuna en sus intervenciones, pero sin duda lo más memorable de un espectáculo modesto, divertido y fugaz, es la interpretación de Borràs, mucho más que un simple recolector, un ser humano frágil, que se desvanece ante nuestros ojos mientras proclama el esplendor de su sabiduría.

Premios y castigos (Teatro de La Abadía)

Maximalistas como somos, siempre hemos defendido que de los tres grandes pilares sobre los que se asienta el teatro, es decir, el texto, los actores y la dirección, solo este último es accesorio. Es decir, que si la dirección es buena, estupendo, siempre será un plus, pero que cuanto menos se note, mejor, y salvo en casos delictivos, si es mala la función siempre se podrá salvar si los actores y el texto están a la altura. Sin embargo, si uno de estos otros dos factores falla, ya puede haber un director divino detrás del escenario que no habrá manera de que la cosa funcione. En el caso de Premios y castigos, sin necesidad de cuestionar la puesta en escena, queda demostrada esta teoría: por muy fabulosos que sean (que lo son) lo actores, con un texto mediocre, ni la parodia nos salva.

Ya el inicio de la obra nos había dejado un poco descolocados. Lo de meterse en una sesión de ejercicios interpretativos tiene su gracia, aunque limitada. Pero las T de Teatre son tan buenas (y mención especial en esta ocasión merece Marc Rodríguez) que el experimento no solo no se agota, sino que va creciendo en gracia y complejidad. La verdad es que hay que poner de tu parte para sacar de lo visto más que una simple observación de excéntricos en plena rutina, o lo que es lo mismo, de actores ensayando, pero en cualquier caso hay momentos bien divertidos y siempre es un placer observar a unos actores muy dotados en variada exposición de sus recursos. El problema viene cuando de los ejercicios imitativos pasamos al drama padre.

Ciro Zorzoli ha elegido como objeto de escarnio la obra de Florencio Sánchez Barranca abajo, y el problema no es que sea malísima o que no se entienda nada, sino que no lleva a ninguna parte. Vale, da pie para todo tipo de excesos, melodramatismos y burlas, pero la atención pronto se dispersa y como lo que ahora vemos puesto en práctica ya lo hemos visto antes en los ensayos, tampoco hay nada nuevo que descubrir o que disfrutar. A veces el tiro es tan fácil que nos confiamos y fallamos en el blanco, y lo que podría haber sido una suave coña, quizá por ambiciones intempestivas (se habla en el programa de “qué es verdad” y todo eso), acaba convirtiéndose en un sinsentido y, lo que es peor, sin gracia. Quedémonos pues con la primera parte y con otra lección (aparte de las interpretativas) bien aprendida: texto, texto, texto.