lunes, 20 de mayo de 2013

Pepita Jiménez (Teatros del Canal)


Una ópera basada en la novela epistolar de Juan Valera que todos hemos leído hace ya veinte años, con música de Isaac Albéniz (que no tiene culpa de nada) y libreto del barón Francis Money-Coutts (inverosímil pero verdadero nombre, más comprensible si se tiene en cuenta que venía de familia de banqueros), parece un proyecto lo suficientemente excéntrico para que el innombrable se tome las cosas con tranquilidad y no la monte.

Y bueno, es cierto que nadie se pone un cubo en la cabeza, y en la primera escena la puesta es tan estática que parece que a Federico Gallar le ha dado un calambre y no se puede mover. Durante esta primera fase de aburrimiento, nos preguntamos que a qué vendrá tanta sosería. El decorado se conforma con una idea conceptual sin desarrollo (los armarios que ocultan miserias, qué audacia), e incluso la iluminación es inusitadamente sosa. Los intérpretes, que se dirá que cantan muy bien, se conforman con hacer algunas monerías pero ni el menor rastro de pasión puede ser encontrado por muy potente que sea el foco que los señala. ¿Se habrá sosegado esta fuerza de la naturaleza que es el rompedor director de vanguardia? Pues no, porque según avanza la acción, se va animando y van apareciendo sus ocurrencias.

La primera nota de color quizá sea un duelo entre un curita y un chulito a crucifijo limpio. Aunque nos preguntamos si esta idea no tendrá su origen en los inmortales versos de Mecano “cruz de navajas por una mujer”. Mientras tanto, los intérpretes siguen cantando en lo que supuestamente es inglés, pero francamente, ni los entendemos ni hace ya un buen rato nos importa lo que dicen. Si al director no le interesa, imagínate a nosotros.

En la segunda fase de aburrimiento, o segundo acto, empiezan a surgir los agentes provocadores. Hace más gracia escribirlo que verlo, porque todo parece tan anticuado, tan insustancial. Los fuegos de artificio habituales en este director ya solo son pólvora mojada que no escandalizan a nadie ni son capaces de provocar más reflexión que un “hay que ver lo que hay que ver”. Vetusta posmodernidad, lo llamó Jordi Costa refiriéndose a una película de Gonzalo Suárez.

Mientras, la exquisita música apenas sirve para distraernos de lo que estamos viendo: unos presos que despliegan unas banderas con el aguilucho (¡qué fuerte!); un coro de niños asesinable, valga la redundancia; la aparición de una virgen (madre de Dios, nunca mejor dicho). Y el final ya no nos lo podemos creer: todos los armarios se abren y los amantes se funden en un abrazo. Sí, es tan cursi que hay que usar expresiones como “se funden en un abrazo”. Si es sincero, un horror, y si es una ironía, no tiene ni pizca de gracia. Es simplemente una bobada.

Podemos jurar que durante la representación escuchamos a alguien del público decir “¿pero esto qué es?”, y no en el sentido cínico en que lo diríamos nosotros, sino de verdad, qué estaba pasando en el escenario. Creemos que es la pregunta más honrada que se puede hacer respecto al teatro de este director. Sin embargo, al finalizar la función los aplausos fueron abrumadores y el mayor número de bravos se los llevó el director de escena. Suponemos que el porcentaje de invitaciones se acercaba al 90% de los asistentes, pero no somos nadie para cuestionar su sinceridad.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario